miércoles, 1 de junio de 2011

Capítulo 3 La falsa amiga de la Biblia

En este capítulo se considera la razón principal por la cual muchas personas de países no cristianos rehúsan aceptar la Biblia como la Palabra de Dios. Históricamente, la cristiandad ha alegado que cree en la Biblia y es su guardiana. Pero las organizaciones religiosas de la cristiandad han estado implicadas en algunos de los sucesos más espantosos de la historia, desde las Cruzadas y los pogromos de la Edad Media hasta el exterminio de millones de personas por los nazis en nuestros tiempos. Pero ¿es buena razón para rechazar la Biblia la conducta de la cristiandad? En realidad la cristiandad ha sido una falsa amiga de la Biblia. La lucha de la Biblia por sobrevivir no concluyó al surgir la cristiandad en el siglo IV E.C.

PARA el fin del primer siglo se habían escrito todos los libros de la Biblia. Desde entonces los cristianos llevaron la delantera en copiar y distribuir la Biblia ya completa. Al mismo tiempo, empezaron a traducirla en los idiomas más comunes de su día. Sin embargo, mientras la congregación cristiana efectuaba esta admirable obra, se iba formando algo que sería una verdadera amenaza para la supervivencia de la Biblia.
2 La Biblia misma había predicho que algo así ocurriría. En cierta ocasión Jesús dio una parábola acerca de un hombre que sembró en su campo semillas de trigo de buena calidad. Pero “mientras los hombres dormían”, un enemigo sembró semillas de mala hierba. Las dos clases de semillas brotaron, y por algún tiempo la mala hierba ocultó de la vista el trigo. Mediante esta parábola Jesús mostró que el fruto de su obra sería verdaderos cristianos, pero que después de su muerte se infiltrarían falsos cristianos en la congregación. Con el tiempo sería difícil distinguir entre los verdaderos cristianos y los falsos. (Mateo 13:24-30, 36-43.)
3 El apóstol Pedro advirtió claramente sobre el efecto que tendrían en lo que la gente pensaría del cristianismo y la Biblia esos “cristianos” asemejados a mala hierba. Dijo: “También habrá falsos maestros entre ustedes. Estos mismísimos introducirán calladamente sectas destructivas y repudiarán hasta al dueño que los compró, trayendo sobre sí mismos destrucción acelerada. Además, muchos seguirán los actos de conducta relajada de ellos y por causa de estos se hablará injuriosamente del camino de la verdad”. (2 Pedro 2:1, 2.)
4 Las profecías de Jesús y Pedro empezaron a cumplirse aun en el primer siglo. Hombres ambiciosos se introdujeron en la congregación cristiana y sembraron discordia. (2 Timoteo 2:16-18; 2 Pedro 2:21, 22; 3 Juan 9, 10.) Durante los dos siglos siguientes la pureza de la verdad bíblica fue corrompida por la filosofía griega, y muchos cometieron el error de aceptar doctrinas paganas como verdad bíblica.
5 En el siglo cuarto, Constantino el emperador romano hizo del “cristianismo” la religión oficial del Imperio Romano. Pero el “cristianismo” que él conocía distaba mucho de ser la religión que Jesús había predicado. En aquel tiempo florecía la “mala hierba”, tal como lo había predicho Jesús. No obstante, podemos estar seguros de que durante todo aquel tiempo había personas que representaban el cristianismo verdadero y se esforzaban por seguir la Biblia como la Palabra inspirada de Dios. (Mateo 28:19, 20.)

Oposición a la traducción de la Biblia

6 Fue en los días de Constantino cuando empezó a formarse la cristiandad como la conocemos hoy. Desde entonces la forma degenerada de cristianismo que se había arraigado dejó de ser sencillamente una organización religiosa. Formó parte del Estado, y los líderes religiosos desempeñaron un papel importante en la política. Con el tiempo la iglesia apóstata usó su poder político en completa oposición al cristianismo bíblico, y el resultado fue otra peligrosa amenaza para la Biblia. ¿Cómo?
7 Cuando el latín cesó de ser la lengua de uso cotidiano, se necesitaron nuevas traducciones de la Biblia. Pero la Iglesia Católica ya no favorecía esto. En 1079, Vratislav, quien más tarde llegó a ser rey de Bohemia, pidió permiso al papa Gregorio VII para traducir la Biblia al idioma de sus súbditos. El papa le negó el permiso. Declaró: “Para los que suelen reflexionar sobre ello queda claro que no ha sido sin razón que al Dios Todopoderoso le ha agradado que en ciertos lugares la Santa Escritura sea un secreto, no sea que, por ser obvia a todos los hombres, quizás la estimen poco y le falten al respeto; o pudiera ser que los de conocimiento mediocre la entendieran mal, lo cual llevaría al error”1.
8 El papa quería que la Biblia permaneciera en latín, entonces una lengua muerta. Su contenido permanecería “secreto”; la Biblia no se traduciría en los idiomas de la gente común. La Vulgata latina de Jerónimo, que se había preparado en el siglo V con el propósito de que todos tuvieran acceso a la Biblia, ahora se convirtió en un medio de mantenerla oculta.
9 Al adelantar la Edad Media la Iglesia se hizo cada vez más resuelta en su postura contra las Biblias en el lenguaje de la gente. En 1199 el papa Inocencio III escribió una carta tan severa al arzobispo de Metz, Alemania, que este quemó todas las Biblias que halló en alemán3. En 1229 el sínodo de Tolosa, Francia, decretó que “los legos” no podían poseer libros de la Biblia en la lengua común4. En 1233 un sínodo provincial de Tarragona, España, ordenó que se entregaran todos los libros del “Antiguo o el Nuevo Testamento” para ser quemados5. En 1407 el sínodo clerical convocado en Oxford, Inglaterra, por el arzobispo Thomas Arundel prohibió expresamente que la Biblia se tradujera al inglés o a cualquier otra lengua moderna6. En 1431, también en Inglaterra, el obispo Stafford, de Wells, vedó la traducción de la Biblia al inglés, o poseerla en ese idioma7.
10 Aquellas autoridades religiosas no trataban de destruir la Biblia. Querían fosilizarla, mantenerla en un idioma que solo unas cuantas personas pudieran leer. Así esperaban evitar lo que llamaban herejía, pero que en realidad equivalía a un desafío a su autoridad. Si hubieran tenido éxito, la Biblia se habría convertido sencillamente en un objeto de curiosidad intelectual que tuviera poca influencia, o ninguna, en la vida de la gente común.

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